Diario de cuarentena

2020: Vivir en tiempo de pandemia

 Sábado 11 de abril

 (No escribí varios días. No tuve ganas)

La terraza

Cada tanto, día por medio, o un poco más, subimos un rato a la terraza. En mi departamento no tenemos sol directo, y para mí que no salgo para nada. Necesito recibir cada tanto un poco de sus rayos benéficos. Al principio, me daba miedo de que algún vecino nos dijera algo, o se quejase. Pero, extremamos los detalles, subimos por la escalera, llevamos el alcohol diluido al 70%, en un pulverizador y rociamos el picaporte de la puerta de la terraza. Antes de tocarlos, y después, y otra vez.  Nos decimos: “Qué locura todo esto”. Y cerramos la puerta.

Para subir a la terraza hay que ir al 7mo. piso del edificio, o sea el último. Y luego de atravesar la puerta de metal con vidrio, hay que subir una escalera de metal, que un tiempo fue azul y ahora está bastante gastado, con alguna huella de óxido. Cuando se sube se ven algunas ventanas de las cocina de los que viven en el lado B del edificio. Generalmente, no hay nadie que asome por ellas. Dos veces nos vio el chico del 7mo. Una iba yo sola, y lo saludé con la mano sonriendo y él me devolvió la sonrisa. Hoy íbamos con Marcelo, y estaba él y su novia cocinando. Levanté la mano y saludé.

 

Cuando subimos cerca del mediodía, el sol da justo por la mitad de la terraza. Ya cerca de la 1, queda sólo un cuarto, y a medida que pasa la hora se va achicando. Pero, nos alcanza. Yo me apoyo contra la pared de ladrillos, justo donde están los controles del ascensor, cada tanto se escucha un ruido metálico. Me apoyo y cierro los ojos.Ya es otoño los días están menos calurosos, tibios, por momentos frescos. Pero, siento como el sol calienta mi piel. Lo que más me gusta es sentir la brisa en mi cara. Y al abrir los ojos ver el cielo. Ver el espacio abierto, lejos de las cuatro paredes de mi departamento de 44 metros cuadrados. Siento una especie de libertad dentro de este encierro en el que ya llevo un mes.

 

No tengo vértigo, Marcelo sí. Él se asoma al borde agazapado, como espiando de lejos el vacío. Yo me asomo y me quedo mirando el pulmón de manzana, con sus fondos arbolados. Hay una terraza hermosa, pienso y digo: “Debe ser de una casa”. Trato de recordar si en esa cuadra  (a la vuelta de mi edificio) hay alguna casa. No me acuerdo. La pared de esa terraza está cubierta de plantas y el piso es de cerámicas rojas. Hay varias reposeras y sillones blancos, y una mesa negra.  Sólo vi una vez a una mujer y un hombre sentados en ese lugar tomando mate. Otro día, a unos pibes haciendo pesas, que parecían recién compradas. Eso supuse. “Seguro por Mercado Libre”, pensé. Nunca más vi a nadie. “Yo estaría allí mucho tiempo”, le digo a Marcelo. Miro todos los jardines verdes vacíos, frondosos, y pienso que me gustaría estar allí. Pero, estoy aquí, a varios metros de altura. Más cerca del cielo. Que siempre está azul cuando subo. 

El otro día descubrí que en la terraza de un edificio, cuyo piso está pintado de verde, en una pared de blanca hay pintadas dos caras sonrientes. Una tiene pelo, manos y piernas. La otra no. Están dibujadas en un tono marrón. “Marrón mierda”, le digo a Marcelo. La que tiene pelo, dice “me” arribe. Marcelo me dice: “Falta el ‘and you’”. Yo miro el dibujo y pintado sobre una pared blanco con ese color marrón mierda y me pregunto por qué no lo terminaron. Los primeros días que subíamos, en esa misma terraza, justo en el medio, un señor sentado en una silla plegable, esas que se llevan a la playa, leía un libro. Su equipo de mate estaba a un costado. Los vimos dos días. Después nunca más.Me pregunto si terminó el libro. O no quiso subir más.

La vida en esos balcones de los contrafrentes, que son los que veo desde mi terraza, transcurre como si todo se hubiera concentrado en esos espacios colgantes. Pequeños, enrejados la mayoría. Me imagino que son pequeñas jaulas. Una pareja toma sol. Un muchacho colgó un acolchado color beige en la ventana, supongo que es la ventana de su dormitorio. Una señora riega sus plantas, y su perro la mira desde la otra punta del balcón.“Ahora, vas a ver que cuando entra la sigue”, me dice Marcelo. Pasan unos minutos la señora acomoda una reposera mira hacia el frente y entra la casa. El perro se queda sentado.“No la siguió”, le digo a Marce. Y no terminó de retrucarle cuando el pichicho de color dorado se levanta y entra en busca de la señora. Desde una terraza se escuchan voces de niños, y se alcanza a ver sólo el pelo de una cabeza. Otro día, en el edificio al costado del mío, vi  a una mujer ya bastante grande, pelo canoso, caminar cansino, miraba sus plantitas, la saludé con la mano. Sonrió y me saludó también. También, saludé a un señor de un edificio de frente al mío. Me hizo el gesto de “no queda otra”. Yo le respondí con el mismo gesto.

Hay un detalle de un edificio justo enfrente de mi visión que me llama la atención. Tiene el frente despintado, y todos los balcones son pequeños y con pared alta y paredes curvas, pero hay un departamento que cortó el balcón, justo en el medio, y le puso rejas. Es el único. Me gusta que tiene un toldo enrollado, del que sólo se ve el borde como si fuera una puntilla verde y blanca. “¿Qué piso será?”, pienso en voz alta. “Es el sexto piso”, me contesta Marcelo.Cuento calculando, incluyendo los pisos que no veo. “Sí, puede ser -le contestó- Seguro que para que entre más el sol”, le respondo.  No sé por qué me viene la canción de la obra Hair, creo, que dice: “Deja que entré el sol”.

Y la canto. Mal, claro. 

 

1 de abril

Una de las cosas que descubrí en esta cuarentena es que me encanta amasar. Me gusta hundir mis manos en la harina, meter las manos en la masa, y que todos los ingredientes  de a poco vayan transformándose en un bollo suave, moldeable.  Pienso que me uno  a tantas mujeres, y hombres, a tantas personas que amasaban para sus familias. Se ve la cuarentena me pone sensible. 

 

29 de marzo

Ayer soñé con mi papá Cacho. Murió el 19 de enero de 2002. Tenía 68 años. Era un sueño raro. Estábamos en un lugar  que no recuerdo qué era. Podría ser una casa. Él me decía que tenía que ir a buscar a alguien al aeropuerto de Ezeiza, que iba a llegar a las 9 de la mañana.  Yo, justamente, tenía que hacer algo que daba de paso para ir al aeropuerto. 

-¿Papi puedo ir con vos, me alcanzás?- le pedía. 

Pero, él ponía excusas para no hacerlo. Y yo me quedaba mal, porque me daba cuenta de que no me quería llevar y no sabía por qué. Sentía que me estaba mintiendo.

Luego, me desperté.

Cuando se lo conté a Marcelo, me di cuenta de que tal vez (o son mis ganas de estar bien) de que fue un mensaje. De que mi papá vino para decirme que no es el momento de irme con él. En esta incertidumbre, que impone la pandemia, ese devenir entre estar sano y enfermo, entre la vida y la muerte, me quedo con este sentimiento: mi padre me protege esté donde este. 

 

28 de marzo

El otro día dije que mi vida se fue haciendo en base a decisiones equivocadas. Lo dije riendo, como se dicen las cosas que no se quieren decir. Ese tipo de broma que no lo es. Haciendo flash back de mi vida como si fuera un camino, encuentro muchas bifurcaciones donde debía elegir entre el camino A y el camino B.  Y los dos tendrían consecuencias distintas, claro. Algo así como los libros que leíamos de la colección Elige tu propia aventura. Siento que al elegir el camino A o B, siempre (o casi) opté por el equivocado. A veces, imagino qué hubiera pasado  de elegir la otra opción. Pero, es horrible ese verbo en condicional. Cada vez que lo usaba, una pareja que tuve me decía un refrán: “Y si mi tío tuviera tetas”. Y sí, mejor no pensarlo.

 

27 de marzo

Hoy estaba en el balcón -creo que ahora todos nosotros tenemos otra vida en relación con nuestros balcones-  y vi que unas plantas tenía mucho hollín encima. Digo “hollín” porque era un polvo negro. Yo vivo en un 5to. piso a la calle, por donde pasan muchos autos. (Ahora no es el caso, pero se ve que no las limpié nunca). Me dio pena verlas así, sentí que no podían respirar. 

La sensación de ahogo que estarían viviendo mis plantas fue horrible. Tal vez, alimentada por todos las notas que leí de gente que tuvo el corona virus. Busqué trozos de algodón los humedecí en agua y se los pasé cuidadosamente por todas sus hojas que comenzaron a brillar. Las miro así limpias, verdes, brillantes, y siento que están bien. Sé que me lo agradecen. 

 

26 de marzo

Este diario de cuarentena en realidad lo estoy escribiendo a mano. Pero, un día me dio miedo (otro más) de que el cuadernito con tapas amarillas se pierda, se rompa, no exista más, como seguramente yo no existiré más, y quise transcribirlo y publicarlo en mi web. Me trajo el recuerdo de cuando no podía escribir textos propios en la computadora. Tenía que hacerlo a mano y luego transcribirlo, como estoy haciendo ahora. Recién cuando empecé a estudiar periodismo, comencé a internalizar el hecho de pensar y escribir al mismo tiempo en la PC. Fue en las clases de Laboratorio de redacción periodística. De todas formas cuando he ido a conferencias de prensa, o en algunos casos, el grabador nunca superó al cuadernito y la birome. 

Pero, hoy haciendo este diario, me doy cuenta cuánto me cuesta escribir a mano, hasta me veo la letra diferente. Y eso que esta lapicera con la que estoy escribiendo es maravillosa. No es cara, ni de marca, ni nada por el estilo. Se desplaza con una suavidad increíble. Pienso en cómo esta birome llegó a mí. 

Yo iba siempre a tomar un café, a veces a comer al mediodía, a Memé Mimí, un coqueto restaurante que funciona en el hotel Arenales, por la calla homónima y Austria. Muchas veces llevé mi notebook y trabajé allí, hice reuniones, también dibujé. De tanto ir, me hice amiga de Belén, la camarera. Un día me trajo para firmar el ticket de la tarjeta esta birome.  Fue firmar y darme cuenta de lo lindo que escribía esa lapicera. Era casi perfecta. Y se lo dije. “Llevátela, te la regalo”, me contestó Belén. Y yo me la llevé. Marcelo la usó alguna vez, y me dijo: “Qué buena birome”. Y yo le contesté: “Sí”, y le conté cómo había llegado a mí. De esto hace mucho.

Un día llegué al barcito, hacía unos días que no iba, y no vi a Belén. Pregunté por ella, y me dijeron que no trabajaba más. Me dio tristeza no despedirme de ella, no sabían decirme dónde estaba, “un bar por Tribunales”, fue la respuesta. Pero, cúal. Dónde. Ahora, pienso que habrá cerrado, y ella hacía poco que se había ido a trabajar allí, le pagarían el sueldo. Cuando escribo con esta birome, quiero que nunca se acabe la tinta, pero sé que se irá también como Belén y ya no estará conmigo.

 

24 de marzo

Yo sé de qué se trata que la vida  dé un giro de 180 grados. Y nadie te avise de antemano, que todo se va a poner patas pa’arriba. Que cuando abrís los ojos sentís por una milésima de segundo que todo fue una pesadilla, que acabaste de soñarla y que por suerte te despertaste y que todo va a volver a estar como siempre. Son tan efímeros estos pensamientos, estas sensaciones, que no se pueden expresar en toda su magnitud, no existe un tiempo para decirlos, no existen palabras que puedan transmitir esos sentimientos. No las hay. Se los juro. Sólo se siente en el alma que ya nada será igual.

+++

Pienso mirando un mapa que el mundo dejó de conectarse, pero que con las redes seguimos viendo y hablando con otros. ¿Pero, alcanza?

 

 

23 de marzo

Qué son los números. Cada día las cifras nos sorprenden  y todos esperamos “achatar” la curva. No sé que me tocará en esta pandemia. Y a veces imagino “los peores escenarios”, como suelen decir cuando se habla de esto. Otras pienso que soy fuerte y que no me va a pasar nada, quiero dejar todo en manos del destino, universo, tal vez Dios, cada día estoy menos creyente, hago todo lo que tengo que hacer para cuidarme, ¿si me tengo que contagiar me contagiaré?

Pero, en medio de estos pensamientos, hundo mis manos en la jarra de un litro con una cucharada de lavandina, y lavo los paquetes, y luego me vuelvo a lavar la manos, con jabón y quiero que haga mucha espuma, blanca, pura, las lavo una y otra vez, para arriba, para abajo, pulgar, meñique, palma, dorso. Una y otra vez. Otra vez.

 

22 de marzo

Hace justo un año que comencé aquagym  + natación. Me gustaba ir, y creo que fue la actividad deportiva que pude mantener con constancia, llegando a ir 3 a 4 veces por semana, aún en los días más fríos del pasado invierno. Era como un cable a tierra, o más bien “un cable al agua”.  Trato de recordar  la sensación de meterme en el agua con ese olor a cloro, templada. La sensación de flotar, de hacer la plancha con los ojos cerrados, la sensación de desplazarme con la cabeza bajo el agua, ver ese color celeste. Hubo momentos, breves, segundos maravillosos, donde sentía que no había distinción entre el agua y yo. Me fundía en ella y ella se fundía en mí. Hoy quiero recordarlos, lo necesito.

 

21 de marzo

Como a todos, parece, en esta cuarentena lo que más me distrae es cocinar. Pensar qué voy a hacer de comer. Qué hay que comprar.  Busco recetas, y cuando me salen ricas me pongo contenta . Los días de encierro se me pasan rápido. Siento que hago mil cosas por día pero cuando hago la lista  mental de lo que hice no son más que dos o tres, a lo sumo cuatro. Me pongo a divagar con el concepto de tiempo y la relación que tenemos con él.

Los tiempos externos regidos por los segundos, minutos y horas, días y los internos regidos por quién sabe qué. Estar encerrada en casa, raramente, hace que pase más rápido el tiempo. Sólo me duermo a las 3 AM y me despierto a las 12. Comemos a las 15, luego todo comienza a encauzarse, no sé porque como si el reloj, tic tac, girará más rápido, y llegamos a cenar en horarios más normales (¿para quién?) a las 21 o 22. 

Alguien dijo que ya no existen los lunes, martes… que ahora sólo tenemos mañana, tarde y noche.

 

20 de marzo

Voy a hacer una lista de las cosas buenas de la cuarentena. 

  1. Puedo leer libros gratis.
  2. No tengo que hacer mandados.
  3. Lavo menos ropa, porque no salimos.
  4. Increíblemente la casa está más ordenada y limpia.
  5. Estoy escribiendo y dibujando más.
  6. Tengo más orden en las comidas, no como de más, porque hay que salir poco a comprar.
  7. Hago gimnasia, bueno es como caminar (Walk at home en YouTube) todos los días. Igual extraño mucho Aquagym. 
  8. Hablo todos los días con mi mamá que vive en Témperley. 
  9. Pienso mucho en mi vida, en mí, en lo que quiero.
  10. No sé cuál es el beneficio número diez, tal vez sea poder sentarme a escribir estos lista.

De pronto se me cruza el pensamiento si este será un diario que alguien leer cuando me muera por culpa del Corona virus. Pero, ya sé que es un pensamiento oscuro y lo dejo ir.

 

19 de marzo

Hace días que entré en un challenger de dibujos, ilustraciones, no me considero ilustradora pero me metí en este desafío de seguir consignar y dibujar algo cada día. Hubo día que no tuve ganas de dibujar y no lo hice. Me estoy permitiendo no hacer cosas por obligación. Y de pronto un día hice tres dibujos, creo que no vale para la consigna. Pero, en estos tiempos qué es lo que vale. Todo está dado vuelta.

Una de las consignas era dibujar el “fin del verano”. Yo dibujé una playa con las reposeras apiladas y las sombrillas plegadas, dos cangrejitos y unas huellas de pie que dejaban la playa. Sí, lo sé no me maté mucho. Pero, luego de que lo pinté me di cuenta que tal vez era lo que quería. Hace como cinco años que no me voy de vacaciones, vivo en un departamento de 44 m2, con un balcón chiquito lleno de cactus, en el que nunca da el sol directo.  Por eso, nunca me regalan una flor. Y tienen razón. No hay sol, no hay flor. 

 

18 de marzo

Yo no puedo pensar en el virus si no le pongo un rostro. Sé que sonará loco, pero es así. Un rostro maligno, dañino.  Ese que le dibujan a los personajes malos de los comics. Un rostro que se oculta, un rostro invisible, que ataca. Toda superficie puede ser captada para que esté allí mirándonos con su cara maligna de personaje malo de comic. Y, después veo, lo que muestra el microscopio y en realidad veo belleza en sus formas, me gusta su diseño, como se mueve, aún sabiendo lo malo que tiene guardado esa belleza de las formas de las proporciones, esa belleza que se transforma en muerte. Cuando me pongo mal, pienso que como en otras épocas de mi vida, todo lo malo termina en algún momento. Lo malo no es para siempre. Lo bueno, tampoco. En realidad, nada es para siempre.

¿Por qué somos tan frágiles, si nos creemos invencibles? Es bueno pensar que lo somos a veces.

 

17 de marzo  

Cuando empezó todo en China, parecía tan lejano. Se leían las noticias y se pensaba que jamás llegaría a nosotros. Recuerdo que cuando estudiaba periodismo hablábamos de cómo influía la cercanía geográfica o no de una noticia. A veces las cosas que les pasan a otros se sienten como , como extrañas. Pero, de pronto, todo se volvió una pesadilla con un atacante invisible del que te tenés que cuidar, con la paranoia que te da cuidarte de algo que no ves, pero que sabés que está. 

La finitud del ser es lo único certero que tenemos. Sin embargo, es lo que nos lleva a vivir. Vaya paradoja.

Abro los ojos a la mañana y, por un segundo o menos, pienso si todo esto que estamos viviendo no es un sueño. No, es realidad, me digo. La de quedarse encerrado, no salir. Soy grupo de riesgo, sé que no voy a pisar la calle por mucho tiempo. El que va a hacer las compras, vuelve deja su ropa para lavar. Lava sus manos. Hay que desinfectar todos los paquetes de alimentos, teléfono. Y cuando hago todo esto, siento que el virus está agazapado mirándome, esperando un error para brincar sobre mi boca, sobre mis ojos.

Los médicos dicen que el virus no nos busca, nosotros los buscamos. Pero, si me equivoco. Porque toco, me lavo, vuelvo a tocar, me vuelvo a lavar. Es un loop interminable entre la lavandina y el alcohol diluido al 70%. Igual no puedo sacarme la idea de que está allí agazapado, mirándome.

 

 

 

 

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