El corazón de Corrientes

Los Esteros del Iberá ocupan el 14 por ciento de la provincia, son el humedal más grande del país y el segundo en América. Un ecosistema con más de 500 especies de animales, algunas en extinción, que está recuperando su esplendor. Un recorrido por las áreas donde la protección, unida al turismo ecológico es el principal objetivo para esta maravillosa biodiversidad.

Por Susana Parejas (desde Corrientes) 
Casi al mismo tiempo que el sol logra darle ese efecto de espejo a la laguna, se descubre que Iberá, en lengua guaraní significa “agua brillante”. Un nombre perfecto para resumir un lugar. Son las 7 de la mañana y el cielo se despeja de los nubarrones que amenazaron suspender el viaje en lancha desde la estancia San Nicolás, en San Miguel, hasta la isla San Alonso, en la laguna Paraná. Son unos pocos minutos en camioneta para llegar al puerto en el arroyo Carambola. Un camino angosto de tierra bordeado de agua es el primer contacto con la naturaleza del lugar.

Si algo se aprendió hasta llegar a San Nicolás, es que Corrientes es llana, sus horizontes son perfectos para ver la puesta de sol. Pero también, que donde hay paja colorada es pastizal, y señal que hay terreno seco, porque en los esteros todo es agua y tierra combinándose aquí y allá. Entrar en este ecosistema, es como ir armando de pronto un rompecabezas, donde cada pieza va formando el todo. Y el “todo” es un paisaje que atrapa.

La vista busca encontrar a un yacaré retozando a los costados del camino. Pero se hacen desear, tal vez porque la noche anterior llovió mucho. Pero, si el yacaré es el rey de la laguna, el carpincho es, sin duda, el poblador más desfachatado y numeroso del lugar. Su figura regordeta y simpática, descansa en el medio del camino que corre entre las cañadas y bañados, impidiendo el paso del vehículo, a duras penas se levantan y se sumergen rápidamente en el agua que bordea la huella. Los guardaparques aclaran que su población aumentó porque no hay depredadores.  El yaguareté pobló este ecosistema, pero hoy está extinguido. Sin embargo, la fundación CLT (Conservación Land Travel) está trabajando en el Proyecto Iberá para reinsertarlo en su hábitat natural. Algo que los correntinos quieren, pues sienten que este hermoso felino es parte de su herencia natural, pero que genera polémica en varios sectores de la agricultura.

En el improvisado puerto espera Omar Rojas, con sus bombachas azules remangadas a la altura de la rodillas y las “patas” en el agua. Algo que es común entre los gauchos correntinos de los esteros, donde la convivencia  tierra-agua se da en todo momento. Un pañuelo azul rodea su cuello. “Nosotros identificamos nuestras preferencias políticas con pañuelos -aclara Omar-. Azul para los liberales, rojo para los autonomistas”. Y pícaro agrega: “Los liberales ambién usamos las bombachas azules, pero los autonomistas no usan rojas, porque no queda bien”.

Omar tiene 50 años, es oriundo de Concepción y es “canoero a botador”, tal como se llama el largo palo de tacuara, fina, derecha, que remata en una tabla en horqueta, “como pie de ciervo, acota Omar- sin eso no le pegás impulso. Yo he llegado a palear unas 6 horas seguidas”. Cuando tenía 4 o 5 años ya comenzó a navegar en su canoa a botador. “Vivíamos a unos 100 metros de los esteros, mi papá nos llevaba a practicar con mis hermanos”, recuerda. Así con canoas hechas en madera de timbó a su medida empezaron a navegar los esteros y dieron sus primeros pasos en la pesca. Aún con los motores fuera de borda, este oficio, tan correntino, no se va a perder nunca, “porque hay partes que si no es con botador, no se puede llegar”. Parado firme en la popa de la canoa, con su sombrero de fieltro negro, su pañuelo azul en el cuello, completa el paisaje, que cada vez se hace más y más mágico. El arroyo Carambola desemboca en la laguna Paraná. El agua transparente donde flotan los camalotes, con sus flores violetas, algunos embalsados, verdaderas islas flotantes formadas por plantas acuáticas que se entrelazan, y que con el tiempo hasta pueden soportar el peso de un animal, navegan a la deriva. Un yacaré asoma de costado con su enorme ojo color amarillo y sonrisa de dientes desprolijos. Flores exóticas forman verdaderos jardines flotantes. Y en el medio del silencio de la mañana el sonido de un ave, que despliega sus alas para volar a ras del agua. A cada momento se descubre un nuevo ejemplar, el yetapá de collar, el jabirú, con su cuello negro y rojo, la garza azul, y la monjita dominicana, con su plumaje negro y blanco, que como es una de las especies amenazadas se utiliza como indicador del estado del ecosistema. “Si hay monjita dominicana, está todo bien”,  tal como explicó el guardaparque provincial Andrés García. El viaje hacia el interior del estero se vuelve increíblemente pacífico. El sol se animó con todo. La relación tan cercana con la naturaleza impone. Una pequeña embarcación flota sobre aguas tranquilas y todo sigue su ritmo. Por suerte, en esta reserva nada lo altera, está protegida.

Paraíso ecológico. A isla San Alonso sólo se llega por agua o por aire, tal es su desconexión del mundo. Allí en el medio de los Esteros del Iberá la tranquilidad cobra su verdadero significado. Entre la sombra de lapachos, timboes, y junto a las flores fucsias de las Santa Rita y las violáceas de las hortensias aparece la casa construida en madera. Un largo corredor abierto ofrece la vista de la laguna Paraná y el campo. Desde 1996, CLT compró estas 11 mil hectáreas de lo que fue una estancia de producción ganadera extensiva, para incorporarlas a sus áreas protegidas. Hoy puede visitarse y alojarse en ella, la casa cuenta con cinco habitaciones, con lugar para nueve personas. Un oasis que permite aislarse y tomar contacto con la naturaleza que se mantiene en pleno estado de conservación. Omar Rojas y su esposa Antonia Segovia son los que tienen la concesión de esta particular hostería. La sensación de estar alejado todo se hace realidad.

Una caminata por los bosquecitos, donde se pueden descubrir varios monos aulladores en lo alto de los árboles, o un paseo en canoa a botador por la laguna, son algunas de las actividades que se pueden realizar, o también cabalgatas que duran una hora y media. Antonia es la encargada de preparar las comidas, un rico chipá correntino, una especie de pan de mandioca con queso,  el “chipá cuerito”, conocida en otros lugares como tortafrita, o el tradicional “mbaipi”, una especie de guiso, pero hecho con harina de maíz  “sin arroz”.

El sol del mediodía anuncia el verano, pero en el amplio corredor el aire fluye, y el tereré (mate frío) aporta frescura. El turismo en los esteros no es estacional, se puede hacer todo el año. Cada estación ofrece diferentes opciones para disfrutar. Enero y febrero son los meses más calurosos, pero también existen la ventaja de que los días son más largos y los atardeceres a las 8 de la noche en el medio del río, son increíbles. En invierno el sol cae a las 6 de la tarde pero se pueden ver todos los lapachos florecidos, rosados.

De todas las actividades que se realizan en San Alonso, la que despierta curiosidad, es la que tiene años de tradición por estas tierras. Y es la cabalgata “nadando en los esteros”, tal como se hacen los arreos de ganados por esta zona. Al tener que llevar hacienda desde una estancia a otra, los gauchos tenían que pasar por zonas con agua. “No queda otra que atropellar el estero”, cuenta Oscar.  En este caso los que participan de esta increíble experiencia, van tomados flotando tomados de las crines del caballo, que puede llegar a nadar unos 300 metros. Y cuando el equino vuelve a estar más cerca de la tierra firme, “hay que alivianarse, prenderse de la cola y flotar”. Es toda una experiencia para alguien de ciudad puede resultar de turismo aventura, pero que es parte de las costumbres de esta tierra, de la vida en estos paisanos de los esteros, donde el sol transforma el agua en casi, casi un espejo.

Un gran tesoro nacional.

La Reserva  Natural Esteros del Iberá tiene una extensión de 1.300.000 hectáreas ubicadas en la alta cuenca del río Corriente, este enorme humedal de agua dulce es el más importante de la Argentina. Y el segundo en América, luego del Pantanal en Brasil.

Dentro de la reserva se encuentra el Parque Provincial Iberá, que ocupa unas 553 mil hectáreas, estas tierras de dominio público se encuentran protegidas las más de 500 especies de animales y 4000 de plantas autóctonas que viven en él. Este área está reforzada por 150 mil hectáreas de tierras privadas, bajo la condición de reservas, adquiridas por la fundación CLT, cuyo presidente es el filántropo norteamericano Douglas Tompkins, quien anunció que está dispuesto a donar todas estas hectáreas para que, sumadas a las provinciales, se forme el parque nacional más extenso del país. El Ministerio de Turismo de la Nación apoya esta idea, pero el gobierno provincial no da, por ahora, el paso de ceder sus tierras para su formación. Mientras estas cuestiones se deciden, sí se puede decir que hoy hay miles de hectáreas bajo la estricta supervisión de cientos de personas que cuidan que este increíble paisaje conserve toda la belleza natural. “No es un capricho, tiene sus ventajas que tenga diseño de Parque Nacional, porque todos los parques son como la identificación de un país, la Argentina tiene lugares espectaculares. Tal vez lleve un poco de tiempo, pero sabemos que es normal, en cualquier provincia donde se crea un parque nacional es un proceso, que hay que ir entendiendo”, reflexiona Pascual Pérez, el guardaparque que coordina Pascual Pérez guarda parque que coordina la actividad de todos los agentes de conservación del sector norte, unas 15 personas distribuidas en varios parques.

Tal vez la puerta de entrada más conocida de los esteros, sea Carlos Pellegrini, desde donde se accede a la laguna del Iberá. Pero, está en marcha el proyecto “Ruta escénica”, donde la idea es abrir accesos que conecten a los pueblos que rodean los esteros, hoy ya hay 13 pueblos que forman parte de este proyecto. “Las rutas existen hoy por hoy y lo que se quiere es que todas tengan un hilo conductor. Visualmente sean parte de lo mismo, de una gran reserva como lo es el Iberá”, explica Marisi López, coordinadora del proyecto.

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